Si hay un cambio trascendental para la sociedad es transformar ese modelo tan extendido de paternidad ausente o distante que se caracteriza por la dificultad de establecer una relación afectiva con los hijos o hijas y sostener con ellos una comunicación abierta y cercana. Se trata de un estilo de paternidad que empuja a los hombres a abandonar su responsabilidad en la crianza, los vuelve lejanos e inaccesibles, concentrados en su rol de proveedor, muchas veces a regañadientes, o de padre castigador que reprime o abusa de la niñez.

En el transcurso de una reciente capacitación, pregunté a los asistentes que ocurriría en las sociedades si por alguna misteriosa circunstancia, en la mayoría de los hogares se contara con la presencia de un padre involucrado en la formación de sus hijos, afectuoso y atento a sus necesidades, dispuesto a escucharles y comprenderles. Capaz, por lo tanto, de despertar acercamiento y confianza hacia él.

Me respondieron, como antes lo han hecho muchas otras personas, que disminuiría la violencia en los hogares, en las calles y los delitos en general, se reducirían los problemas de salud mental y física al igual que los suicidios. Que mejoraría la calidad de las relaciones y de la vida familiar, disminuirían el desempleo, la emigración, la pobreza, la exclusión social y la corrupción, se avanzaría enormemente en los temas de la educación tanto en las escuelas como en los hogares y muchos de los problemas más graves que enfrenta la sociedad se reducirían sustantivamente.

A continuación les pregunté qué importancia le concederían, si estuviese en sus manos hacerlo, a fomentar este tipo de paternidad a través de las políticas de los estados, las iniciativas de la sociedad civil, de las comunidades organizadas y de los medios de comunicación. Afirmaron por consenso y categóricamente que le darían la máxima prioridad.

Sin embargo, este enfoque está aún lejos de prevalecer en las políticas públicas, aunque sean tan variadas y evidentes sus consecuencias positivas. Ello se debe en gran medida a que el rol de la maternidad no se equipara en general con el de la paternidad, pues a las mujeres se las continúa valorando más que todo por ser buenas madres, mientras que a los hombres no se les demanda ser del mismo modo buenos padres, educar y cuidar a sus hijos.

Prueba de ello es la creencia de que si un hombre abandona el hogar pero aporta dinero ya cumplió con su deber, mentalidad avalada por el discurso público, las leyes y a veces también por mujeres que aceptan como “natural” que los hombres se ocupen principalmente del sustento económico, eximiéndolos de su importante responsabilidad en la formación de sus hijos.

A pesar de estas creencias, cada vez más hombres anhelan vivir una paternidad nutricia y cercana y resienten el hecho de que sus parejas, familiares o amistades, subestimen o ridiculicen estas pretensiones. Lo cierto es que un alto porcentaje de mujeres se resisten a permitir que su pareja se involucre en la crianza de los hijos o participe en tareas domésticas como cambiar pañales, lavar ropa, o cocinar. Hay mujeres que incluso llegan a molestarse y despreciar a los hombres que se empeñan en hacerlo, porque se sienten invadidas en su territorio, piensan que ellos no podrán desempeñar estas tareas eficientemente o desean monopolizar la relación íntima y emocional con los hijos.

Así como tantas mujeres se sienten excluidas, relegadas o menospreciadas en el mundo de lo público, muchos hombres se sienten marginados y excluidos de la vida doméstica y desearían no ser cuestionados por buscar una relación más próxima con sus hijos. Y los datos demuestran la urgente necesidad de alentar esta tendencia, pues según una investigación del departamento de Educación en Estados Unidos, uno de cada tres niños en ese país crece sin la presencia de su padre biológico, situación que empeora en América Latina, donde prácticamente una mayoría de los hogares están a cargo de madres solas o acompañadas de otros familiares.

De ahí que sea tan importante inculcar en los niños desde pequeños un sentido de paternidad, por ejemplo, a través de los juegos, tal como se fomenta en las niñas el sentido de la maternidad. El “Proyecto de Paternidad”, investigación desarrollada en 1966 por el doctor Hershel Swinger en Estados Unidos, para involucrar a los padres en el cuidado y educación de sus hijos, demostró que la relación con el padre repercute en la salud de los bebés, mientras que su ausencia dificulta el desarrollo desde la primera infancia hasta la edad adulta, tanto en los niños como en las niñas.

Ese estudio constató que la participación del padre contribuye a la mejoría del comportamiento de los adolescentes, a la vez que  influye en la disminución de la delincuencia y los problemas económicos en familias de bajos ingresos. También en el caso de las niñas y adolescentes, reduce los problemas psicológicos y la posibilidad de depresión. La investigación mostró asimismo que una participación comprometida del padre en la crianza se relaciona con niveles más altos de autoestima, sociabilidad, confianza y autocontrol en los niños.

También señala que las personas que han crecido con un padre cercano, tienen más posibilidades de tener un matrimonio fuerte y duradero en el futuro y que el haber contado con este tipo de padre conduce a mejores resultados emocionales, académicos, sociales y de comportamiento en los niños, lo cual influirá posteriormente en sus relaciones personales y profesionales.

Lamentablemente, el incremento de las mujeres que han salido al mundo laboral en las últimas décadas, no ha sido acompañado con la entrada de más hombres al ámbito de la familia y el cuidado, por lo cual un alto porcentaje de niños están creciendo sin la presencia de ambos padres. Transformar esta situación demanda realizar amplios procesos educativos destinados a promover una nueva paternidad a través de las escuelas, los profesionales de la salud, los medios de comunicación y redes sociales. Se requiere contar, por ejemplo, con una oferta de charlas, conferencias o talleres que puedan ser impartidas ampliamente desde el nivel comunitario, las escuelas, instituciones hasta la empresa privada.

En el prólogo al libro «Una nueva paternidad», publicado en el 2013, el pediatra Carlos González afirma al respecto que «Al ser padres nos damos cuenta de que nada de lo que hemos hecho antes o podemos llegar a hacer en el futuro es tan importante como amar y cuidar a nuestros hijos. Es lo más trascendente, tal vez lo único trascendente».

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