Las relaciones familiares violentas, son por lo general transmitidas de padres a hijos, aunque también por parte de abuelos, tíos u otros familiares en la medida en que son legitimadas por lazos afectivos, costumbres y creencias socialmente aceptadas, incluyendo aquella antojadiza interpretación de los textos bíblicos que considera legítimo “corregir” a los hijos mediante castigos físicos en los que se abusa del poder y la fuerza.

Transgredir mentalidades tan arraigadas equivale para muchas personas a contradecir a sus padres,  antepasados y a veces también al discurso religioso, es decir,  traicionar el mandato de quienes recurrieron a la violencia con el argumento de que lo hacían “por nuestro propio bien”, “para que no nos descarriásemos” o para que nos formásemos adecuadamente, porque “el golpe educa” y “la letra con sangre entra”.

Hemos aprendido a ser hombres o mujeres observando los comportamientos de nuestros padres, la forma en que se relacionaban entre sí y con sus hijos. Ellos han sido el modelo que tendemos a reproducir en la forma en que educamos a la siguiente generación y por eso es tan importante distinguir entre los ejemplos que sí vale la pena seguir y los errores que cometieron al criarnos.

La repetición del trato violento que sufrimos en la niñez constituye también a menudo una forma de desahogo atropellada e inconsciente, algo así como pasar la factura a nuestros hijos por los abusos, arbitrariedades e injusticias que enfrentamos en el pasado o por las situaciones estresantes que nos toca vivir en el presente.

Los estallidos de violencia física y emocional, en especial los insultos y gritos, representan el recurso más inmediato para liberar las tensiones que se enfrentan a diario, sean éstas producidas por los traumas generados por una crianza abusiva o por las dificultades económicas, necesidades no resueltas, la pretensión de imponer nuestra voluntad sobre otros, la búsqueda de autoafirmación cuando se tiene una baja autoestima o por causa de los múltiples problemas que surgen en las relaciones familiares.

Cualesquiera que sean las razones cercanas o más lejanas de nuestra conducta  violenta esta también refleja la pobre educación emocional que recibimos, lo que se traduce en la manifestación explosiva de sentimientos y emociones largo tiempo reprimidas, que no encontraron un espacio, un momento y formas adecuadas de expresarse.

Incluso en aquellos casos en que la violencia se encubre con actitudes aparentemente calmas, como sucede cuando se recurre a la ironía, se menosprecia o se ignora la presencia de la otra persona, sus necesidades y demandas, también existe un efecto vindicatorio por los daños sufridos en la infancia. De ahí que sea tan válida la sentencia: “la violencia engendra violencia”, pues esta repetición del maltrato a través de las sucesivas generaciones va perpetuando los modelos equivocados de crianza.

La violencia suele definirse como la manifestación de diversas formas de abuso físico, psicológico o sexual que generalmente comenten los más fuertes contra los más débiles, especialmente en las relaciones de género o generacionales. No obstante, las diversas definiciones que intentan explicar un concepto tan amplio resultan insuficientes para abarcar sus causas y la complejidad de sus manifestaciones en el seno de la familia, que luego influirán de muchas formas en ámbitos como las escuelas, comunidades, instituciones y la sociedad en general.

Al abordar el tema de la violencia familiar deben tomarse en cuenta además sus raíces culturales,  en especial los condicionamientos de género que asocian la masculinidad con la agresividad y factores relacionados real o simbólicamente con el abuso de poder, como la contextura física o la edad. Esos condicionamientos están muy presentes, por ejemplo, cuando la violencia hacia la pareja repercute en el maltrato de las mujeres hacia la niñez.

Los distintos grados en que se expresa la violencia también deben ser considerados. La palabra maltrato suele abarcar desde una bofetada hasta la agresión criminal contra un niño, pero lo cierto es que muchos actos violentos constituyen en realidad delitos graves que deberían ser denunciados como tales aunque ocurran dentro del hogar. Lamentablemente las leyes que se aplican en la sociedad no tienen igual validez en el seno de la familia por un mal entendido concepto de la vida privada y el sentido de propiedad que existe hacia los hijos e hijas en las estructuras familiares autoritarias. De ahí que muchos de estos delitos tiendan a minimizarse, ocultando el hecho de que se trata de graves violaciones a los derechos humanos.

En relación a la violencia contra las mujeres, esta tiende a ser justificada por las costumbres y creencias tradicionales. Se piensa, por ejemplo, que si una mujer continúa viviendo junto al hombre que la maltrata es porque consiente la situación y que es mejor “no meterse en pleitos de pareja”, mentalidad que ignora el peligro de que continúe permaneciendo a su lado. Tales creencias han llevado a demasiadas mujeres a subsistir en condiciones terribles y de modos a veces bizarros, justificando ellas mismas el maltrato que sufren e identificándose con el agresor, a la manera del síndrome de Estocolmo.

En nuestros talleres observamos con frecuencia que este comportamiento reproducía la conducta que las mujeres habían observado en sus propias madres, quienes las persuadían de someterse al trato de su pareja con señalamientos como “él te mantiene y debes obedecerle” o “esa es tu cruz y ahora tienes que cargarla”.

Un estudio realizado en el 2003 por Luz Magdalena Salas en Colombia y que abarcó a dos mil 295 mujeres, reveló como en la violencia intrafamiliar se transmiten las experiencias vividas en la familia de origen y la importancia de que existan factores protectores que rompan ese ciclo y disminuyan la proporción en que se reproducen las conductas agresivas en la siguiente generación.

Entre esos factores se encuentra el incremento del empleo en las mujeres, la cobertura de servicios de salud y educación, la existencia de políticas  de control de la natalidad, así como de programas de atención y prevención a las víctimas de violencia intrafamiliar. También se mencionan las campañas para reducir el uso de drogas y alcohol, que muestran un efecto positivo y significativo en la disminución del número de mujeres víctimas de maltrato.

A esto debemos añadir la importancia decisiva que tienen los esfuerzos individuales y/o colectivos para sanar las heridas de la infancia así como los programas educativos que incluyan la educación emocional, jornadas de capacitación comunitarias y otros esfuerzos culturales que instan a abandonar las mentalidades de género en la formación en la niñez, en especial la que asocia la masculinidad al uso de la violencia, coarta en los hombres la libre expresión de sus sentimientos y considera el cuerpo femenino como un objeto de propiedad.

El estudio titulado: “Transmisión intergeneracional de la violencia intrafamiliar: evidencia para las familias colombianas”, reconoció que la violencia en los hogares es un fenómeno que puede evitarse o prevenirse desde edades muy tempranas, mediante trabajos conjuntos entre los colegios y las familias, campañas de prevención en los medios de comunicación y esfuerzos que contribuyan a  evitar que los niños sean testigos o víctimas de maltrato.

Se trata sin duda de un gran desafío, que podría enfrentarse más fácilmente si las políticas estatales, especialmente las educativas, reflejaran la importancia del tema, si los medios de comunicación se involucraran activamente y si unos a otros nos enseñásemos a vivir en forma más consciente la crianza de los hijos, evitando reproducir los errores que cometieron nuestros padres.

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